Mi abuela canuta no eran tan vieja, pero sobrevivió a sus hermanas las Marías quienes fallecieron cuando cumplieron 34 años; algunos dicen que la abuela Na Marga hizo un voto para que no pasaran más allá de esa edad, nunca sabremos realmente qué pasó, pero pasó por la agonía a la edad fijada y por alguna razón le extendieron otra oportunidad, ninguna de las tías abuelas vivió, a ninguna de ellas conocí.
La última vez que nos vimos, tratamos de establecer la genealogía y el parentesco de todos sus familiares, fue difícil porque cambiaban los nombres, los lugares, las lenguas, los recuerdos, mi abuela Canuta como le decíamos de cariño era la única que conocía esa trama tan compleja y era el puente hacia otros familiares no conocidos, en esa ocasión nos contó del papá de su abuela que podía volar largas distancias para ir a visitar a sus hijos, o de la abuela aquella que se metía en tus sueños y te esclarecía el pensamiento; Na Marga podía hacer todo eso, pero su principal cualidad era transformarse, creo que fue la última que conoció los antiguos secretos para convertirse en ave y leer la mente. Mi abuela Canuta no supo de eso, desde muy temprana edad trabajó, no tuvo tiempo para las antiguas artes.
Alguna vez le pregunté sobre las lenguas que hablaba y me dijo en castellano que ninguna otra, tiempo después la escuché usar otros idiomas con gran habilidad, no insistí en saber sus motivos, pero eran parte de su pasado, uno lleno de historias de caminos, trenes, vías, aparecidos, brujas, cantinas, borrachos y señoras, siempre tenía algo que contarte porque lo había vivido todo, en el puerto conoció a las devotas de la Niña Blanca y sus respectivos guardianes, vio todo, desde que atrapaban al sapo hasta que le cocían la boca para callar a quien hubiera sido requerido.
No era la abuela maternal que teje en un sillón y usa lentes, solo al final la vi envejecida, espero heredar esas cualidades a veces juego a que me pesa la edad, pero lo cierto es que mi abuela no era indefensa o vulnerable, siempre negociaba todo, así transportó todo cuanto quiso, los últimos días fui a verla, me costó trabajo reconocerla, no era nada de lo que conocí, pero mi abuela aún me sonreía en esas circunstancias. Nunca me gustó su nombre porque siempre creí que era trágico nadie debe llamarse Amparo, porque en momentos como este, cuando ha partido ya, no me queda mucho.
lunes, 12 de agosto de 2013
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